Anoche se sentó junto a mí un hombre en el tren. Era un tipo de unos cuarenta años largos, con un traje gris arrugado y una corbata amarilla que no pegaba en absoluto con el traje. Tenía pinta de oficinista cansado prematuramente de la vida; el aspecto de una de esas personas cuya presencia pasa inadvertida, en la mayoría de las ocasiones, para el resto de los mortales. Seguramente me habré cruzado con él muchas veces, pero no fue hasta ayer cuando le percibí realmente.

Lo que me llamó la atención de él fue su aroma: llevaba la misma colonia que usas tú. Era en realidad un detalle insignificante, porque seguramente habrá miles de hombres con tus mismos gustos olfativos; pero el mero hecho de tenerte tan presente en mi memoria, a pesar de no estar ya juntos, hizo que la colonia me trajera tu recuerdo de improviso, y con una viveza que rayaba casi la crueldad. No estaba en absoluto preparada para ello; tal vez por eso, en cuanto llegó a mí ese aroma tan grato en mi recuerdo, añoré y deseé volver a estar entre tus brazos aunque fuera una sola vez más. Y lo que más incitaba mi deseo era el hecho de saber que eso no volvería a suceder, porque no quieres volver a verme.

Tal vez fuese una locura lo que hice, pero anoche tuve que conformarme con los brazos de ese otro hombre. Quizás, con el tiempo, consiga centrar mi mente solamente en ese olor, y así difuminar tu recuerdo en mi memoria, hasta que sólo quede la colonia de, tal vez, miles de hombres diferentes a ti. Miles de hombres que, a primera vista, no se te parecen en nada. Todos distintos. Pero cada uno de ellos traerá consigo ese aroma característico, y el mero hecho de respirar hará que, a través de ese olor, vuelvas a estar dentro de mí: conmigo.


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